Categoría: Viajes de altura

A por el Oscar con nueve años


Hoy que se han anunciado obras y personas que competirán en los Oscar, hemos sabido de ella. La estadounidense Quvenzhané Wallis tiene solo nueve años y es la nominada más joven a mejor actriz de la historia de los mas famosos premios de cine. Se medirá por el premio en esta edición con veteranas como Naomi Watts, por ejemplo, que protagoniza ese tsunami de lágrimas que es «Lo imposible». La niña Wallis se ha llevado ya mil honores con la película 'Beasts of the southern wild' (Bestias del sur salvaje) en varios festivales, incluido Cannes. Un mundo por delante y un buen año ya de entrada para ella, que además va a interpretar ya otra película, esta vez sobre la esclavitud, titulada «Twelve Years a Slave» con Brad Pitt y Michael Fassbender. Ver más información en la web del equipo de cine de Lo que yo te diga.

 

El paro arrasa: seis millones


Dan ganas de llorar.

Ayer se supo que los desempleados en España pueden sumar ya seis millones. Un 57% de los jóvenes. Con las empresas vacías o cerradas y las oficinas de empleo llenas, no parece que quede mucha esperanza de sacar el país adelante. Al menos, no a corto plazo. Un fracaso político de tal magnitud que sorprende que nadie se responsabilice, que nadie dimita, que nadie salga a la palestra y confiese: «hemos fracasado». Que los dos grandes partidos no pacten y pacten y pacten y pacten acuerdos hasta quedar rendidos, hasta enderezar el rumbo, recuperar las ganas, marcar el camino, crear nuevas vías, alternativas, oportunidades…

Soy de la opinión de que los ciudadanos tenemos también nuestra parte de la responsabilidad en lo que ha sucedido por haber permanecido cómodos, callados, subvencionados, relajados y sentados en nuestro territorio confortable, con esa convicción de ser potentados con muchos derechos y pocas obligaciones durante muchos años… Y sobre todo dejando a los otros hacer política, con una tasa de implicación ciudadana y de consumidores que era hasta ahora de las más bajas de Europa … Pero hoy los políticos españoles, tantos de ellos cargados con la mochila de la corrupción, tan escasos de ética y de ideas, no están, la mayoría de las veces, ni siquiera a la altura de su propio y defectuoso pueblo. Seis millones de parados es una catástrofe. Un drama, un tsunami social que arrastra familias, vidas y sueños…  Alguien debe mitigarlo ya.

Gracias a Chema Caballero por descubrirnos esta acción de Carne Cruda 2.0 (programa dirigido por Javier Gallego, ver su página en  la Cadena Ser) en una oficina del INEM.

Fin de año


Superman cleaning the WC

Aquí y así seguimos. Feliz 2013.

Embutidos


No tengo palabras. Dudo entre sonreír o ponerme a llorar para siempre.

Mensajes recibidos


 

Sin duda, lo mejor del día. Gracias a @MarcosLey

 

El poder de la empatía


Roman Krznaric es uno de mis autores favoritos, pensador cultural se autodefine. Miembro de la School of Life en Londres, escuela de la vida que fundara Alain de Botton hace unos años, iniciativa que intenta acercar y aplicar la filosofía a y en nuestra vida cotidiana. Estuvimos en la sede en primavera. Fue una inmersión: cómo mirar el mundo, nuestro mundo hoy, en positivo. Aprender a vivir. Y contar. Y lo contamos en este blog también al referirnos al articulo Escuela de vida y de calor publicado en El País Semanal en otro titulado Cuando la fiesta es la vida. Sus enseñanzas, bien actuales y útiles, merecen la atención debida.

Mitomanía


 

Libre


 

Con Kate Morton en Paddington


Publiqué este texto en El País Semanal en febrero de este año, después de compartir unos días con la escritora en Brisbane (Australia), su lugar de residencia, un lugar nuevo e inesperado para mí. Era mi segundo encuentro con ella y mi primer viaje a las antíp0das, experiencia que me permitió descubrir la verdadera dimensión del mundo (tal como Morton me había avisado). Además, Kate Morton confirmó lo ya sabido y resulto ser una profesional de primera. También en el modo y tiempo dedicado a quien se ocupaba de ella a pesar de que en ese momento andaba atacada de los nervios: le quedaban muy pocos días para entregar su nueva novela, The secret keeper, la misma que se publica esta semana en inglés en Simon&Schuster.  Sirva mi texto de agradecimiento y recuerdo de aquellos días con esta mujer bestseller. Y he aquí la información sobre su nueva obra contada por ella misma en vídeo y el primer capítulo de la obra, titulado Laurel.

Con la fotógrafa Gillian Van Niekerk en plena faena.

Tras el secreto de Kate Morton

Gracias al boca a boca, esta australiana de 35 años, casada y madre de dos hijos, ha vendido a un público heterogéneo de todo el mundo ocho millones de ejemplares de sus novelas victorianas; 800.000 en España. ‘El País Semanal’ viaja hasta su casa para desvelar el secreto de su éxito y hablar de su tercera obra, ‘Las horas distantes’.

La escritora superventas había avisado: “Cuando vuelas hasta Australia es cuando adquieres conciencia de la dimensión del mundo, de su inmensidad”. Y tiene razón. La flechita en la pantalla del avión que marca la ruta va dejando atrás Europa, la península Arábiga, el subcontinente indio, se dirige a Singapur… Y desde allí aún queda una jornada laboral completa hasta aterrizar en la ciudad de Brisbane (dos millones de habitantes, en Queensland, nordeste del país, la tercera mayor de Australia), lugar de residencia de Kate Morton, la autora que ha conquistado el mundo desde Oceanía.
Solo de su segunda novela, El jardín olvidado, ha vendido más de medio millón de ejemplares en España (y otros 250.000 con la primera, La casa de Riverton). Casi ocho millones en total, en 38 países. La tercera, Las horas distantes, se publica ahora aquí en la editorial Suma de Letras. Y en ella, otra vez sus obsesiones son explícitas: “La estrecha relación entre el ayer y el hoy, y también Inglaterra, con sus sagas familiares, sus casas antiguas, sus libros centenarios, con ese sentido de continuidad histórica…”, explicará luego. Ese es el motor de sus narraciones: un pasado que se resiste a morir y acaba cimentando (o diluyendo) el presente.
Kate Morton (Berri, 1976) traza vidas como esas líneas en los mapas de navegación; sus personajes, habitantes de un mundo y un tiempo concreto, van y vienen, aterrizan y despegan de él cargados de peripecias que se enlazan y entrecruzan; dibuja el rastro de los que estuvieron y ya no están, pero crearon un tejido que condiciona el de sus sucesores, el nuestro. Los avatares de tres hermanas marcadas por los sucesos en esas horas distantes de la Segunda Guerra Mundial es lo que nos trae ahora.

Tan lejanas, se diría, como Australia misma, que a ojos mediterráneos parece inalcanzable. Entenderla quizá sea acercarse un poco más a Kate Morton. Hay que abrazar gran parte del globo durante un día completo y adelantar el reloj y la cabeza nueve horas cuando se pone el pie en esta mancomunidad, su país, gobernada por dos mujeres, que es como una isla gigantesca en las antípodas (con una superficie cercana a la de EE UU, pero con 14 veces menos población, 22 millones, tan vacío que da vértigo); el segundo del mundo tras Noruega en el índice de desarrollo humano 2011. Puros nórdicos del Sur. América, Europa y Asia, fundidos en este verano austral. ¿Tienen problema de identidad los australianos? Morton dirá luego, sonriendo con su boca inmensa, que sí. “Tenemos una forma de vida muy norteamericana, pero la cultura con la que nos formamos y que nos atrae es europea y la influencia asiática es cada vez mayor”. Un melting pot que no acaba de reconocerse en sus orígenes aborígenes milenarios, que fue enorme territorio carcelario para los británicos desde el siglo XVIII, se independizó en 1901 y aún mantiene a la reina británica, Isabel II, como propia.

Curioso lugar al que el estereotipo actual ha dotado de minas, desiertos, eucaliptos, koalas, canguros, tiburones y playas repletas de surferos cachas sin fin. Asuntos varios y con tirón que sí son tal, pero que suelen aparecer poco o nada en la obra de Morton. Su ambiente literario es otro, mucho más de interioridades dramáticas y exteriores románticos; de decoración victoriana y acantilados amenazantes; de castillos ruinosos con paredes que rezuman historias y seres atormentados que languidecen cargando fardos de secretos familiares.
Más de viejo continente que de este en apariencia joven y próspero, en el que la crisis económica actual apenas es rumor en la costa y donde la arquitectura se levanta a imagen y semejanza del cóctel de gente que pasea por sus calles. Brisbane es puro ejemplo: el centro de la city es un mall continuo, todo producto es chino, hay gimnasios por doquier y playas urbanas en la ribera del río homónimo, que se desbordó justo ahora hace un año con resultados desastrosos aún no olvidados. “Mi literatura bebe de fuentes góticas, de aquello que mamé en mis lecturas juveniles, que solían ser de las hermanas Brontë, Dickens, Daphne du Maurier, Poe o Lucy Clifford, por poner ejemplos de la literatura victoriana que estudié”. De educación británica, lo que la convirtió en lectora impenitente es, sin embargo, popular y siempre el mismo: “Sin duda, Enid Blyton”.

Sigue leyendo «Con Kate Morton en Paddington»

El tren bálsamo


¿Deseos de viaje? ¿De normalidad, de paz…? Vean este vídeo. El autor se llama Terje Sorgjerd y es noruego, según apunta en su página de Facebook. En ella guarda muchos de sus trabajos, todos magníficos. Siempre anota el autor la cámara y la tecnología usada (que no es cualquiera). Pero el verdaderamente destacado es el que titula The Market. Y ahora que una parte cercana de ese lado del mundo, en Oriente, sufre terremotos, tsunamis y radioactividad, estas imágenes de vida cotidiana son como un bálsamo. Parecen mentira.
Ocho veces al día, siete días a la semana, este tren realiza su trayecto y atraviesa el mercado de Maeklon en Bangkok (Tailandia), de forma tan natural que asombra. Miren el espacio medido al milímetro por los vendedores para no resultar afectados, la naturalidad con que lo ven cruzar y siguen con sus cosas sin moverse, sus gestos automáticos de apartar/estirar los toldos al instante; el maravilloso color de los productos, los sonidos tan nítidos del ferrocarril y los tenderos… No hace falta añadir más. Sólo contemplar… y dejarse llevar.

He aquí una explicación breve (tomada de la suya) para ubicar el recorrido. La primera parte es el mercado de Maeklon, que existe desde hace décadas y ha permanecido inalterable hasta la creación del ferrocarril mismo. Pero ninguna ley (al contrario que en otros países) obliga a los comerciantes a desalojar, dice Terje, así que ellos permanecen allí, en su lugar de trabajo, en su puesto de décadas. La segunda muestra el mercado flotante de Damnoen Saduak, agua y canales.

Y de aderezo, la canción de Katie Noonan, Crazy.
Nota: esta es una republicación automática del post de marzo de 2011 (algo he tocado sin querer… pero no importa).

Un poco de India es mucho


El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Mi familia siria


El barrio de Bab Amro en Homs. Vía Internacional El País. Foto: AFP

Un día en Madrid, cuando íbamos a sacar el visado en la embajada siria, Rafik, un ciudadano de este país residente en España desde hacía mucho nos pidió si podíamos entregar unas cartas a sus parientes que vivían en un pueblo cercano a Alepo llamado Seqelbiye. Hace mucho de aquello. Fuimos, estuvimos, convivimos durante unas semanas con una familia inmensa (¿qué será de ellos?), árabes cristianos, árabes musulmanes, daba igual; todos mezclados. Allí aprendí que las etiquetas son compartimentos cerrados discriminatorios e injustos, pues nunca corresponden con la realidad; que ésta siempre es más rica, más amplia, más abierta de lo que imaginamos. A veces mejor, a veces peor de lo que creemos. Una familia cualquiera era aquella. Muy unida. Fue la mía, la nuestra. Todos convivían, en el mismo pueblo, mismo barrio o casa. Del gobierno no hablaban. La foto del dictador colgaba por doquier. El ojo que todo lo ve lo decía todo. Mi imagen de Siria continuó así, apegada a la de ese puñado de personas amables y hospitalarias, a las que luego nunca volvimos a ver, que cocinaban para nosotros cada día en una vivienda de un pariente nuevo (todos querían invitarnos, nos veíamos engordar por momentos); que nos preparaban lentejas (las recuerdo bien porque en los patios, como en la España de antaño, se sentaban todos, hombres y mujeres y separaban las buenas de las malas; retiraban las piedras… mientras se charlaba al sol, entre flores, olores, animales…) y una sopa de yogur tan ácida y sabrosa que yo no sabía como rechazarla e intentaba comerla hasta que me producía arcadas… y no había más remedio que confesar, entre risas, la verdad: que aquel gusto no era el mío.

Una familia de miembros incontables con los que compartimos días y noches; dormíamos en colchones en las azoteas, mirando las estrellas inmensas en el cielo mientras unos contaban sueños de Europa, otros de realidades sobre el terreno. Recuerdo a Gaith, a él especialmente, uno de los hijos mayores, un hombre especial, estudiaba arte, era profesor y soñaba con visitar todos los museos europeos y americanos y se sabía todas las obras de todos los autores, mientras pintaba las suyas…. Le recuerdo porque nos acompaño durante días por todo el país, visitando monumentos, lugares culturales y arqueológicos: en Homs, en Hama, en la impresionante Alepo, en Maloula, en los museos y la universidad de Damasco, en la Palmira desértica de cuarenta grados a la sombra con sus baño de barro, en el Crack de los Caballeros que era imposible encontrar yendo sólo, pues no existía ni una sola indicación que no fuera en su idioma… Esos sitios que han marcado la historia del mundo de la mano de un guía perfecto, mientras las bombas, resonaban más allá, en Líbano casi siempre al caer la tarde. Olía a cultura por todas partes y a sol y a comida, y hasta a Mediterráneo puro se diría, tan a gusto nos encontrábamos. Nos costó tanto marchar.

Y contemplo desde hace ya muchos días el goteo de información y fotografías con tantas ruinas, más de siete mil muertos, cientos de rostros desesperados, el asedio del Ejército y su brutalidad, la Cruz Roja que no puede ni asistir a heridos, agua de lluvia que sirve de alimento... Lo veo sin querer verlo. Porque no reconozco este lugar donde la gente sufre y sufre sin pausa (como me sucedió en los Balcanes en su momento, que yo casi acababa de cruzarlos, cuando todo se incendió un día y nadie podía creerlo; o en Cachemira en India, que se cerró tras nosotros un toque de queda continuo ya luego durante dos décadas, sumida en una guerra ignorada y brutal).

Yo estuve allí en Siria durante un tiempo, me digo por lo bajo. ¿Lo recuerdas? Estos de la imagen son los hijos de los hijos de aquellos que un día nos cruzamos, conocimos y apreciamos. Como podían ser los hijos de los hijos nuestros en un mundo que no tiene pudor, una maquinaría imparable movida por el interés y los negocios (de armas, de petroleo, de recursos…). No reconozco esta desesperación y esta ruina (¿qué ha sido de los colores y los cantos en la intrincada medina de Alepo, del sonido de las norias de agua, del murmullo de los museos…?) provocada por una dinastía de dictadores (los Bachar el Asad de turno) y soportada por muchas manos de otros a la sombra más allá de sus fronteras… que no reconocen nunca la injusticia, ni que el tiempo de abandonar del poder, de partir, está maduro, que quizá habrían podido evitar y evitarse la mayor vergüenza: morir matando hombres, mujeres y niños en masa. Aunque quizá para eso se entrenaron antes, concienzudamente, cuando reprimían a sus ciudadanos poco a poco, minuto a minuto, día a día.

Sevilla-Madrid



El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Viajar o el deseo de ser otro


20120212-213449.jpg

Aparentemente de Kivanc Gulhan, via Behance

Acabo de regresar de dar la vuelta al mundo. Ida y vuelta, en verdad, casi cuarenta mil kilómetros. Y no les voy a contar (aún) para qué. Al regresar del último tramo, 14 horas sin pausa de vuelo, pensaba en cómo, cuando estás tan fuera, tu universo particular, en un pueblo, en una ciudad cualquiera de un territorio cualquiera, parece tan antiguo que esa sensación de pérdida te espanta un tanto. De repente, lo cotidiano se escapa tanto de ti que crees ser otro; las noticias de tu tierra se vuelven difusas, como ecos de un pasado que ya no acabas de controlar. De hecho, ya no lo harás nunca, porque hay instantes de ese tiempo lleno de detalles que ya no experimentarás. Los familiares y amigos se van quedando con rostro desdibujado, aunque su existencia cuente, claro. Pero tus y sus problemas se diluyen. Como los colores y los olores que se evaporan sustituidos por otros. Tu lugar de trabajo empequeñece. Las tareas pendientes pasan a ser minucia…. La silueta del mapa mundi personal, aquello que llamas tu vida o tu país, se difumina en una suerte de niebla distante… ¿Donde queda mi tierra si no es este el lugar donde habito? Sigue leyendo «Viajar o el deseo de ser otro»

Funambulistas de altura


Esto es un trozito sólo de un documental, dirigido por el realizador, instructor de esquí y guía de montañaSébastien Montaz-Rosset, que estará disponible a partir del 11 de noviembre en su blog y se titula «I believe I can Fly (Flight of the frenchies )» . Tancrede y Julien, amigos franceses con relación solidificada en la práctica deportiva de alto riesgo, desde las cumbres de los Alpes a los rascacielos de París, se han ido ahora a los fiordos noruegos (Kejrag) con el objetivo de convertir su último sueño en realidad. Y qué sueño. Jugarse el tipo, se podría llamar. Un canto a la generación de adrenalina. La cuerda floja sobre el abismo. Todo, para preparar un cambio radical en su especialidad de funambulistas de altura… Y aquí descubren el verdadero sentido de la libertad, dicen. Un viaje que les resulta de lo más divertido. Y hasta les relaja, como se ve (bajo la música de Michael Denny).

A %d blogueros les gusta esto: