Mes: enero 2021

¿Cuándo se acaba una guerra mundial?


Microcrónica sobre la memoria histórica (a ras de suelo) de Berlín en el 75 aniversario de la capitulación nazi

Berlín, verano de 2020, escena en modo lockdown.
Berlín, verano de 2020, escena en modo lockdown.

¿Cuándo dura el impacto de una guerra? Dos placas de latón dorado de 10×10 centímetros colocadas en el suelo frente a mi casa en Berlín me lo recuerdan cada vez que estoy allí. Tienen grabado un nombre, una fecha, un destino. Stolpersteine se llaman en alemán, palabra que tanto vale para escollo u obstáculo como para peñasco que apenas sobresale o se ve. Así son. Las pisamos sin más al caminar; nadie se detiene a mirarlas en esta metrópoli hipercool, siempre repleta de turistas, hasta ahora, al menos, que el coronavirus la ha devuelto a su esencia (o se la ha quitado) y a la tradición prusiana del distanciamiento.

Estos adoquines (hay 8.423 en la capital alemana, ver mapa y listado aquí ) son una pura herida en la tierra. Similares a esa otra cicatriz serpenteante que señala el trazado del muro de Berlín levantado en sus calles hasta 1989. Esta semana me paré, de repente, a leer las dos placas en mi acera.

  • “Max Siberstein, nacido en 1877, deportado el 2.3. 1943. Asesinado in Auschwitz”
  • “Max Ziffer, nacido en 1872. Deportado ???”.

Dos vidas. Entre las de cientos de miles de judíos, homosexuales, comunistas, gitanos, antisociales… que fueron detenidos por los nazis y enviados a los campos y cámaras de exterminio. El odio al otro era entonces el virus. Se propagó mientras florecía la vida. Los dorados años veinte. La metrópolis que nunca duerme… Como ahora mismo: felices jóvenes enamorados, adultos resacosos, niños que gritan, mi panadería que huele a chocolate, la floristería eternamente abierta…

Este homenaje a ras de suelo a los perseguidos entre 1933 y 1945 es un proyecto del artista Gunter Demnig, de 73 años. Lo comenzó en 1996 y las placas se colocan frente al último lugar de residencia de las víctimas. Es, digamos, una obra inacabada porque aún hoy se pueden solicitar en memoria de un antepasado. Este febrero de 2020, por ejemplo, durante la inauguración del espectacular edificio de la editorial Axel Springer, en la Zimmerstrasse, se instalaron las primeras de 87 previstas, con los nombres de los desaparecidos en esa manzana, antaño barrio de impresores. La nueva sede “se levanta sobre las ruinas de la historia alemana”, dijo Mathias Döpfner, el CEO, en tal evento. Ahora mismo [verano 2020] hay 46 ya colocadas. Lo sé porque me he agachado sobre ellas y las he ido limpiando con la mano una a una, para ver el texto grabado, para seguir el origen y la suerte dispar de estas personas. Algunas, pocas, sobrevivieron.

  • Emil, Sara y Johanna Moses que vivían en el 48 A de la calle citada, deportados en 1942 a Riga. Asesinados.
  • Max Rosenheimer, escapó en 1938 a Sudáfrica y acabó en Estados Unidos.
  • Jacob y Amelie Lax, Mirjam Otto, Jeanette Jacob o Ingeborg Zorek, todos asesinados en Auschwitz…

Es doloroso mirarlas, relucientes al sol, en esta hermosa ciudad llena de sombras históricas, y que no da nunca tregua. Lo sé porque acabo de descubrir que un edificio cercano, en Kreuzberg, fue sede de clasificación de judíos. Allí los asignaban a trabajos forzados. Está en una calle que siempre amé. Me parecía señorial, luminosa, limpia: Fontanenpromenade se llama, hasta su nombre sabe a gloria. Al menos así fue hasta que rehabilitaron la mansión del número 15 y colocaron un panel delante. Desde el lugar en el boulevard donde me instalo a leer cada día durante el confinamiento lo veo. Nunca me había parado a leerlo. Muestra la foto de una mujer judía sentada quizá en el mismo banco que yo, 80 años atrás. A su lado una pintada indica: “Nur für Juden!” (Sólo para judíos). Ella se tapa la cara con el bolso. Y yo, tras mirarla, no he sido capaz ya de volver a abrir un libro allí con tranquilidad nunca más. Mi mente viaja, se escapa a otros derroteros, dibuja tiempos brutales en la historia de la Humanidad.

¿Cuándo se acaba una guerra mundial?

Durante este mes, en el Berlín coronavírico, se ha recordado mucho el 75 aniversario de su final y la capitulación nazi en 1945. Los medios abundan en testimonios y análisis sobre el avance del nacionalsocialismo. Su cocción previa impregna grandes series de televisión actuales, enormes como Babylon Berlin, o libros de cómics superventas, como ese maravilloso Berlín, de Jason Lutes. Y la tragedia resultante se muestra en documentales históricos con imágenes de esta urbe hecha añicos a mitad del siglo XX tras los bombardeos aliados. Montañas de restos que luego brigadas de trabajadores ayudarían a recoger. Entre ellos, muchas manos femeninas. Las llaman Trümmerfrauen, las mujeres de los escombros, martillo en mano. Hay una escultura en su honor en un parterre a la entrada del parque Hasenheide, allí entre runners y perros obedientes como nadie aparece, una mole, puro tesón, pura voluntad de piedra. Alguien, estos días, le ha puesto flores. Lo recuerdan.

No ya a ruina sino a puro descampado quedó reducido también el gran centro, la PotsdammerPlatz, rehecha en el 2000. Allí cerca se levanta hoy el mayor monumento a los judíos asesinados en la contienda. Un total de 2.711 bloques de hormigón de diferentes alturas. Algunos dudan de su impacto para reflejar lo sucedido. Desde fuera, sí, parece reducido a un paisaje anodino y gris. Pero el otro día, al caer la tarde, giré de repente para pasear entre esas moles… y lo entendí enseguida. El suelo, otra vez de adoquines, sube y baja de tal modo que las piedras que te rodean parecen estar vivas, te van engullendo, te oprimen, te asfixian. Sin ser laberinto, te empujan en busca de salida. Parece trinchera. O tumba. Tanto da. A oscuras, allí dentro hasta se oyen los gritos de aquel tiempo.

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